La cosa va así:
Un día despiertas, de la ceguera, tal vez de la estupidez. Abres bien los ojos, te sacudes de un intenso escalofrío que recorre cada célula de tu cuerpo, te vuelves presa de los sentimientos que no se manifiestan, por ser tantos, porque en menos de un segundo quieres gritar, llorar, odio, tristeza, patalear, berrear, resentimiento, melancolía, soledad…
Y la verdad te golpea; pero esta no es como una bofetada del sentido común, intensifícala, multiplícala, súmala y multiplícala nuevamente. Voilà! Y esta es la verdad: No eres necesario, ni imprescindible, de hecho, eres reemplazable.
La sensación de vacío recorre tu estomago, las lágrimas se acumulan, y después se precipitan a tus nudillos apretados, que en unos segundos estarán blancos.
Por supuesto sabes que nadie es imprescindible en esta vida, pero siempre existirá esa persona, la número uno, la que se ha convertido en esa sin la que no puedes vivir, y esta también te asegura que la vida es gris sin ti.
Pero alguien más ha llegado, te ha reemplazado, ya no eres el número uno, y ellos, ajenos a tu dolor, exhiben cruda y vulgarmente su necesidad mutua y afecto infinito.
¿Cómo es que esto llegó a pasar? lo ignoras. Pero en estos momentos, no importa si te encuentras en una habitación llena de gente, porque en este mundo superpoblado, tu te encuentras completamente solo.
I.C.